La popularidad presidencial nubla la realidad económica / En opinión de Enrique Campos Suárez

Está claro que no es la economía lo que mueve la popularidad presidencial, al menos no por ahora. Va a ser muy difícil que un gobernante que tiene una tasa de aprobación en las encuestas de 70% quiera ver que la economía tiene problemas serios y que se va a poner peor en los trimestres por venir.

La contradicción entre las altas tasas de popularidad y los indicadores económicos a la baja se alimenta del hecho de que todavía no llega esa mala condición económica a la mayoría de los mexicanos.

La confianza que tienen las bases de la 4T está en el polo opuesto de los niveles de confianza de los que deben tomar decisiones de inversión en la economía mexicana. Por eso la popularidad política es alta, pero los niveles de inversión son alarmantemente bajos.

El Indicador Mensual de la Inversión Fija Bruta (IFB) de julio pasado, que recién dio a conocer el Inegi, marca una buena explicación de por qué la economía ha estado tan pegada al cero en su desempeño en lo que va del año.

Pero lo más importante es que el derrumbe en la inversión anticipa que hacia adelante el Producto Interno Bruto no tendrá herramientas para poder crecer.

La IFB cayó en el lapso de julio del 2018 a julio de este año en 9.1 por ciento. Pero realmente hay que atender el comportamiento de este indicador desde octubre del año pasado, cuando el gobierno electo de Andrés Manuel López Obrador tomó la decisión de cancelar el aeropuerto de Texcoco. Porque es desde ese momento cuando, a la par de la confianza, la inversión se derrumbó en este país.

Por eso es que la popularidad política, esa que se alimenta con la presencia constante en los medios de comunicación, con ese lenguaje llano y de fácil comprensión para las bases, aunque tenga poco fondo, esa idolatría al líder de la 4T hace muy difícil que se pueda apreciar en su justa dimensión la magnitud del problema económico en el que México está metido.

Dos trimestres consecutivos sin crecimiento, un tercero que seguramente saldrá en la misma línea, un derrumbe en la inversión, el sector industrial en recesión y muchos otros indicadores que prenden las luces amarillas en el tablero de la economía nacional no dejan sentir sus efectos todavía en la mayoría de la población. Por lo tanto, no lo tienen como una prioridad.

Para una mayoría, lo que hoy prevalece es una inflación baja. Hay menos empleos, pero hay trabajo. Hay aumentos salariales extraordinarios para algunos y transferencias de recursos públicos, por la vía de programas asistencialistas, para otros.

Pero, sobre todo, esos amplios sectores sociales tienen un líder carismático que les hace ver que ese foco en el tablero no es amarillo, sino guinda, como el color de Morena.

Esa vista nublada dura hasta que los efectos son inevitables en el bolsillo. Y por ahora parece que el próximo contagio será inevitable.

Es más problemático que la negación de la realidad sea parte del pensamiento gubernamental, porque eso implica que no hará ajustes en sus planes de gasto, que tendrán que ser remediados por la vía de los recortes o del aumento de la deuda. Eso podría traer problemas financieros que se sumen a la desaceleración, que cada vez tiene más características de recesión, aunque pocos lo quieran ver.

 

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